Un fenómeno viral (como gusta llamarse hoy en día a estas cosas) está arrasando en las redes sociales hace ya un tiempo. El fenómeno comenzó en Argentina para luego extenderse a otros lugares que, por cercanía (geográfica y cultural), también se vieron invadidos por él. Estoy hablando del popular “Charango” de Firmat. Para quien no lo conoce, “Charango” es un joven de la ciudad argentina de Firmat (provincia de Santa Fe) que se hizo “famoso” por cantar canciones románticas de forma muy amateur y cambiándole involuntariamente las letras a las mismas. Así, la popular “Ámame en cámara lenta” de Valeria Lynch, se transforma en la voz del “Charango” en un “…ámame en CARAMALENTA".
No voy a emitir juicio alguno
sobre la calidad artística (o ausencia de esta) de este pintoresco personaje,
lo dejo a quienes lean esto; sí me quiero pronunciar al respecto de la
viralización en sí. Se le llama “viralización” a la propagación o difusión
masiva de un elemento (por lo general y en la inmensa mayoría de los casos, al
tratarse de la viralización en la red, son imágenes o videos), llegando en poco
tiempo (pocos días o a veces hasta pocas horas) a invadir la red. Un usuario
sube el video y lo comparte con sus seguidores, suscriptores y/o amigos
virtuales, y cada una de estas personas hace lo mismo, llegando a multiplicarse
exponencialmente, salvando las distancias, como un virus. Esto no es nuevo, lo
saben las empresas, lo saben las marcas, y lo saben también los usuarios
comunes y corrientes. El joven en cuestión era totalmente desconocido, hasta
que alguien lo encontró cantando
(estoy suponiendo) y se le ocurrió filmarlo y por supuesto (¿para qué filmar
algo y que no lo vea nadie?), subirlo a YouTube. A partir de ahí, el fenómeno
fue creciendo como una bola de nieve.
Quien vea los videos de
“Charango” por primera vez, no podrá menos que esbozar una sonrisa al
escucharlo cantar de esa forma tan básica y además cambiando las letras y
tornándolas graciosas, chistosas, divertidas. Una observación más detallada le
dará al ojo más escrutador algunos otros indicios sobre la vida de “Charango”.
A simple vista parece un tipo normal, pero el popular Aníbal Pachano
(coreógrafo, bailarín y productor de espectáculos argentino) dijo de él que “no
tiene los patitos en fila”, haciendo clara alusión a un deteriorado estado
mental de “Charango”. Quien lo vea podrá dar cuenta fácilmente de esto. Su
discurso es lento, cortado, su mirada como ausente, sus movimientos vacilantes.
No escribo esto para tratar gratuitamente a una persona de “loco” o de
“disminuido intelectualmente”. El estado mental, (o la salud mental, mejor
dicho) de “Charango” no es de mi incumbencia; sí quiero reflexionar acerca de
qué es lo que hace que este tipo de personajes, se conviertan en virales y
lleguen, como es el caso de “Charango” a los principales programas de la
televisión argentina, teniendo su cenit hace un par de semanas al ser
presentado (y tener dos generosos minutos de aparición) nada más y nada menos
que en el programa de Marcelo Tinelli, la gran marquesina del espectáculo
basura por excelencia.
¿Qué es lo que pasa? La
hiperconectividad, el tener la posibilidad instantánea de hacer que algo
trascienda, esa especie de voyerismo virtual en el que vivimos, en donde todo
debe ser compartido con propios y ajenos, torna el escenario un poco menos que
fértil para que este tipo de cosas suceda. Que quede claro, no me pronuncio en
contra ni de “Charango”, ni de sus videos viralizados e hipervistos, ni
siquiera de la gente que hace que estas cosas trasciendan. No. Ni siquiera sé
si estoy en contra (o a favor) de algo en concreto. Solo me pregunto desde acá
si es necesario.
Recientemente se instaló una
nueva tendencia en las redes sociales. Miles de adolescentes (y no tanto),
principalmente de EEUU aunque la tendencia se replica en muchas partes del
mundo, se unieron a lo que se llama “Fire Challenge” (“desafío de fuego” en
español). El Fire Challenge consiste en una especie de “prueba” en donde la
persona protagonista se rocía una parte del cuerpo (la mayoría de las veces es
el torso, aunque puede ser una mano, una pierna) con algún líquido inflamable
como nafta, alcohol o querosene, para luego prenderse fuego con la ayuda de un
encendedor. Así es. Miles de jóvenes se están sumando a esta tendencia viral y
subiendo sus videos auto-inmolándose a las redes sociales, en donde ven “recompensado”
su valiente accionar con los tan codiciados “likes”. Esta tendencia ya se cobró
su primera víctima fatal en los Estados Unidos, y lo que seguramente no sepan
las personas que practican esta “gracia”, es que por más que el fuego “superficial”
pueda extinguirse con agua, las quemaduras internas suelen ser muy peligrosas y
pueden llegar a lesionar los órganos.
No creo que nadie en su sano
juicio considere esto divertido, estimulante o interesante. Entonces, ¿debemos
tratar de “locos” o “desequilibrados” o “faltos de juicio” a las miles de
personas que lo hacen? La pregunta no se puede responder estando ajeno a los
mandatos implícitos de estas redes, esos mandatos que dicen que una publicación
con más “likes” es mejor o más importante que aquella con menos, o que la
popularidad de una persona se mide en la cantidad de “amigos” que posee.
Dejando de lado el “Fire Challenge”, y volviendo sobre el
trascender, ¿es realmente necesario que TODO lo que consideramos divertido,
ameno, chistoso u original trascienda?
La red nos ofrece la posibilidad de llegar a lugares donde
antes no hubiésemos podido llegar. Hoy, por ejemplo, una naciente banda de rock
puede grabar sus canciones y compartirlas al mundo a través de plataformas como
SoundCloud, Spotify, Last.fm, entre otras. Donde antes había una compañía
discográfica ávida de lucro, hoy no es necesaria su presencia. Los mismos
músicos pueden gestionar sus creaciones, llegando a un público mucho más
masivo, casi que con inversión cero y con buenos resultados en materia de
popularidad.
Las cosas están cambiando y para
bien; pero está el otro lado, el lado estúpido de la red (me hago cargo del
aforismo). Ese lado en donde TODO tiene que trascender, y donde TODO casi sin excepción
puede servir para nuestros fines de apropiarnos de los 15 minutos de fama que
nos profetizó Andy Warhol, el lado de la red en donde conviven un desgarbado
joven de Firmat con un temerario antorcha-humana.
"Charango" de Firmat:
Fire Challenge: