Me pongo a escribir esto en momentos en los que la noticia
principal de Uruguay es la apelación de Luis Suárez ante el TAS (Tribunal Arbitral
du Sport en francés, “Tribunal de Arbitraje Deportivo en español) por la
polémica mordida propinada al zaguero italiano Giorgio Chiellini durante el
partido Uruguay-Italia del último mundial.
El hecho en sí no necesita mayores referencias dado la
notoriedad pública que tomó, pero lo que sí puedo decir es que a mí me hizo
darme cuenta del enorme vacío crítico de la mayoría de mis coterráneos.
Si uno establece una crónica del hecho, poniendo como punto
de partida ese minuto fatídico en que ocurrió la agresión y hasta el momento
actual, podrá percatarse de los diferentes matices y giros que ha dado el tema
en cuestión, y de cómo repercutió en la opinión pública (entiéndase en este
caso “la opinión pública” como “la opinión de Juan Pueblo”).
Personalmente, mi reacción inmediata y casi como un reflejo
luego de ver la agresión por TV, fue la incredulidad. Me reí, no por diversión,
ni porque me hubiese parecido gracioso el hecho, sino por puro asombro. No
podía creer que Suárez había incurrido POR TERCERA VEZ en una falta similar.
Simplemente mi ser racional dudó unos segundos de la veracidad de las imágenes
que estaba viendo; Luis Suárez, quien menos de una semana atrás se había
erigido en héroe nacional al darle a la Selección el triunfo que necesitaba para
seguir con vida en el torneo y que además tuvo ribetes épicos si tomamos en
cuenta que dejó afuera a Inglaterra (el país en donde jugaba en ese momento), fue
el autor de los dos goles y, además, y por si fuera poco, volviendo de una lesión
y sin estar 100% recuperado; el mismo Luis Suárez, ahora, pocos días más tarde
volvía a sobresalir pero esta vez por una acción que nada tiene que ver con lo
futbolístico, ni siquiera con lo deportivo en general. Simplemente no lo podía
creer y me reí de nervios, si se quiere. Poco después vino el gol de Uruguay y
nadie se acordó que minutos antes Suárez había mordido un tipo.
Terminó el partido y en medio de la algarabía por la
victoria y entre la chorrera de palabras y frases triunfalistas del periodista
deportivo de turno una cosa incomodaba, algo hacía un poquito de ruido, como
una vocecita que decía bajito al oído del hincha “ojo que esto va a traer cola”.
Y tal cual. Los medios del mundo se hicieron eco de la noticia, pero no se
molestaron en hablar sobre la victoria y clasificación de Uruguay, ni sobre el
enorme sacrificio de sus jugadores, ni de lo bien planteado del partido, ni
nada. Los medios solo repetían a lo largo y ancho del mundo las imágenes de la
mordida de Suárez a la vez que especulaban con posibles castigos y sanciones.
Por su parte, el protagonista negó los hechos inmediatamente
después del partido. (VIDEO AQUÍ).
Al otro día el informativo de Canal 10 salió a la calle a
buscar la opinión de la gente. Más incredulidad que el hecho en sí, me provocó
la reacción de la gente. Desde rotundos “Suárez no mordió a nadie” hasta
rebuscadas explicaciones (demostración incluida) de como en realidad “por la
posición en la que estaba, justo el hombro de Chiellini fue a dar contra la
boca de Suárez…”. Increíble.
Uruguay jugaba por octavos de final cuatro días más tarde,
por lo que la sanción debía ser resuelta y notificada al jugador y a la Selección
lo antes posible. La FIFA actuó “de oficio” (las dos palabras más repetidas por
la gente por esos días) y a partir de allí, la cosa fue tomando tufillo
político. Reuniones secretas de acá, abogados de allá, plazos que apremiaban, y
al medio, tres millones y pico de personas que veían como absortos una película
distante y cercana a la vez, que miraban como su héroe era sentado en el
banquillo de los acusados y juzgado por un monstruo.
Después de una defensa desastrosa por parte de los abogados
de la AUF, basada en la mentira como principal argumento, diciendo que Suárez
no había mordido a Chiellini, llegó por fin la sanción de la FIFA: nueve partidos internacionales, la
expulsión de la concentración de Uruguay, y lo que más polémica generó, cuatro
meses de inhabilitación para cualquier evento deportivo o administrativo
relacionado con el fútbol; es decir, el tipo no podía siquiera entrar a una
estadio FIFA, además de no poder cambiar de club en el inminente período de
pases.
La ciudadanía uruguaya se encendió de indignación como pocas
veces he visto antes en mis veintisiete
años de vida. La razón colectiva se tiñó de celeste y para lo único que había
palabras era para decir que la FIFA es corrupta, “pobre Suárez”, “nos tienen
miedo, por eso lo sancionaron así” y razonamientos y conclusiones que me
avergüenza un poco reproducir aquí. Tampoco faltaban los que seguían diciendo
que Suárez no había mordido al italiano, a pesar de que las decenas de cámaras
full HD y las filmaciones en “slow motion” lo mostraban claramente (el pasado
mundial fue el más televisado de la historia, y seguramente el próximo lo sea aún
más).
Aquellos que nos permitíamos el ejercicio intelectual de
pensar críticamente y analizar los hechos sin la camiseta puesta, nos
encontrábamos ante la conclusión evidente. La sanción a Luis Suárez (excesiva o
no) ESTUVO BIEN PUESTA, porque la conducta del jugador NO FUE CORRECTA, además
de que FUE LA TERCERA VEZ QUE COMETIÓ LA MISMA FALTA.
¡Ay de los que se atrevieran a pensar así!, éramos poco
menos que candidatos al destierro.
Evidentemente, la conclusión de que el héroe es en realidad
un tipo de carne y hueso, con problemas (evidentes) para controlar el flujo de
emociones ante la presión y QUE FUE EL ÚNICO CULPABLE DE SU DESGRACIA, era
demasiado para el inconsciente colectivo yorugua, y muchos prefirieron apuntar
su bronca hacia la FIFA; la misma FIFA que organizó el Mundial 2010 en donde
salimos cuartos y que tanto disfrutamos, era ahora una máquina de poder,
corrupta y podrida en sus cimientos que se la agarra con un país chico que
respira fútbol y corta de raíz toda esperanza de ser campeones delmundo; ¿y Brasil?
seguro que Brasil está atrás de todo esto porque no quiere que se repita el “Maracanazo”
del 50’ y bla bla bla.
Lo cierto es que Luis Suárez se saboteó a él mismo. En el
momento cúspide, donde es poco más que el rey del mundo, donde el mundo entero
habla de él, donde logra algo impensable y le da una alegría a su pueblo; en el
momento en que era considerado como uno de los tres mejores delanteros del
mundo, el tipo pareciera que siente la necesidad de auto boicotearse y tirarse
un clavado desde la cima para caer y hacerse mierda contra el suelo y así renacer
nuevamente de las cenizas cual ave fénix con pantalones cortos. Es un poco
llamativo.
La FIFA finalmente cedió a las presiones del Barcelona, y
permitió que Suárez fuera transferido al club catalán, pero mantuvo la otra
parte de la sanción.
Ahora, Suárez declaró ante el TAS y podría ser rebajada su
sanción (no la de los partidos internacionales, sino la de la prohibición de
cuatro meses fuera de las canchas).
¿Quién sale ganando? Barcelona, que va a vender camisetas de
Suárez. Sus abogados que se llevaron una interesante tajada seguramente. El
mismo jugador por la publicidad a lo largo del mundo.
¿Quién pierde? El HINCHA DE LA SELECCIÓN (entre los que me
incluyo) que no va a poder contar con un excelente jugador de fútbol en la
próxima Copa América.
A la gente le mordieron la razón.